martes, 28 de mayo de 2019

No somos mayoría


El auge de partidos conservadores, nacionalistas o de “ultraderecha” en varios países ha reflotado las esperanzas de cristianos conservadores en volver a retomar el control de la sociedad mediante el poder político. Por otro lado, escritores como Dreher parecen plantear una huida de las grandes batallas políticas que a reducirían el campo de lucha a los poderes locales y a la defensa jurídica de las libertades.

Ambas opciones son prudenciales y han de ejercerse en conformidad con las circunstancias de cada pueblo. Por lo mismo, lo que no nos podemos permitir es tomar decisiones en temas tan graves a partir de percepciones erróneas de la realidad para. Un cristiano confía en Dios, más no puede presumir que hará las cosas a su manera: ello es caer en la ideología o en estupideces como la ley del deseo.

Y una de esas percepciones erróneas la he vuelto escuchar a propósito de la formación de nuevos grupos de derecha acá en Chile: “No se olviden que somos mayoría”, ante lo cual saltaron mis alarmas. Ante la desolación del panorama general -y a veces alentado por éxitos temporales afortunados- las gentes conservadores se refugian nuevamente en la idea de que por debajo de los medios de comunicación, la clase política y las masas progres que se toman la calle, habría una “mayoría silenciosa”, un “pueblo sano”, que apenas oigan una voz de mando o divisen un grupo que los “interprete” restablecerán

La idea de la “mayoría silenciosa” tuvo auge en la Norteamérica Nixoniana, acosada por Vietnam, y en la Europa de 68 y los “años de plomo”, donde políticos de centro y derecha buscaban un frente común frente al terrorismo político de extremos opuestos -aunque algunos de esos grupos tenían extrañas relaciones con los servicios de inteligencia—Después en los 80, EE.UU. reflotó el concepto con la “Moral Majority” durante el Reaganato, coalición fundada sobre el poder de las iglesias bautistas y los telepredicadores, sujeta a los vaivenes propios de estas organizaciones. En años recientes, el Tea Party y las “alt rights” han tratado de repetir la consigna.

Los EE.UU. son un caso aparte. En el cono sur, nos guste o no. NO SOMOS MAYORÍA, hace mucho que dejamos de serlo y si es que alguna lo fuimos. Una cosa es que la mayoría de la población no sean abortistas militantes, ortodoxos de las teorías de género o del socialismo siglo XX, pero eso no los vuelve cristianos tradicionales, partidarios del matrimonio indisoluble, de la autoridad paterna y del homsechooling. En el mejor de los casos es una masa hastiada de la corrupción, de los experimentos estatistas y de la delincuencia, nada más.

Y eso nos pone en otro problema. Algunos creemos que para reconstruir una convivencia social más o menos virtuosa deberíamos -al menos por ahora- centrarnos en la agenda “Vida, Familia y Libertad” de Benedicto XVI, o en el eje “Life, Liberty, Property” de la Constitución de los EE.UU. para lograr algo en política contingente, y con esas bases permitir el desarrollo de una cultura cristiana. Pero nada de eso sería suficiente para grupos que aún quieren restaurar su versión de la Cristiandad con balas y burocracia: ese no fue el camino de Occidente, fue el camino de Bizancio y así les fue.

Entiéndalo de una buena vez: somos minoría. De lo contrario no nos pasaría todo esto. Para cambiar una realidad hay que asumirla tal como es. Lo demás es fantasía.

lunes, 27 de mayo de 2019

¿Quieres ser curado?


Es una pregunta que resuena en los Evangelios. Nuestro Señor pregunta a los enfermos y ciegos ¿quieres que sane? Se habla mucho de que los milagros operaron por la fe, pero me atrevo a pensar que eso no era suficiente.

No me tomen por blasfemo. Simplemente quiero mostrar que se puede “creer” de un modo racional en que Dios puede hacer un milagro en nuestra vida, sanarnos de la peste que llevamos dentro. Pero quizás nosotros no queremos sanarnos, y en el mejor de los casos queremos ir y volver al hospital cada vez que el cuerpo colapsa. Es más cómodo y seguro seguir como se está.

Comprendo que haya personas tan hundidas en su infierno personal que hayan perdido la confianza en que Cristo puede curarlos y divinizarlos: hay demasiada mierda acumulada y la salida se ve irremontable. Lo que no parece ser aceptable, es que quienes sabemos y afirmamos el poder divino intelectualmente no tengamos la determinación de querer cambiar o al menos pidamos tener ese deseo, pues tal actitud supone -aunque queramos negarlo- un desprecio hacia la Gracia, y de ahí al “pecado contra el Espíritu Santo” hay un trecho cortísimo.

Como en tantas otras cosas, dar el primer paso es lo más difícil, pues supone cortar con una serie de actitudes, formas de pensar y hábitos que eran el camino seguro a una mala vida. No se trata de cambiar totalmente a un solo golpe: de no mediar una intervención extraordinaria y rara, esos cambios son igual de raros e incluso sospechosos. Al menos en mi caso, ha sido algo sencillo, pero radical: pequeños cambios en la oración vocal y mental, el orden casero, el trabajo y las amistades, que se aplican día a día. El resto -en realidad el 99%- lo hace la Gracia Increada, el que poco a poco, pero con cada vez más firmeza se asienta en nosotros, en la medida que le abramos espacio.

Por cierto, el riesgo es el voluntarismo. La certeza de la salvación que proclaman los calvinistas como algo que nadie les puede quitar ni ellos mismos o el culto de las reglas y moldes rígidos de una Contrarreforma fuera de contexto. Maticemos: nuestra naturaleza ya ha sido redimida por Cristo y son nuestras personas las que deben recibir esa redención por el Espíritu. No se trata tanto de conquistar una salvación que ya se logró sino de conservarla, de no pisarse la cola uno mismo. Hemos sido curados de la enfermedad, ahora sigamos la terapia del doctor, haciendo los ejercicios (mandamientos), siguiendo la dieta (oración y sacramentos) y tomando la medicina (confesión) cuando y como corresponde.

martes, 21 de mayo de 2019

Superar la doble vida. No es tan dificil




Ser cristiano en esta época es difícil, en muchos lugares imposible. Peor es si uno se pone obstáculos para ser cristiano, y con ello no solo me refiero a las ocasiones de pecado, sino a cuando tenemos una relación enfermiza con nuestras creencias, y que pienso puede revestir dos formas principales.

El problema de esconder la fe, de recluirla a un espacio personal, cerrado, es que en algunos casos puede llevar a una doblez de vida. Se ve como posible creer, cumplir lo mínimo y llevar una vida mundana, con malas amistades y pasatiempos, cuando no solo en la torre de barro y abandonado a cualquier tentación. La persona termina quebrándose, porque vivir así simplemente es insano.

Por el contrario, el presumir la fe con estridencia y alharaca puede en algunos casos también cubrir una doble vida -y casos mediáticos sobran-, pero tiendo a pensar que la mayoría es simplemente un esfuerzo voluntarista se suplir la vida interior que no se tiene o que aún es frágil. El afán por “hacer apostolado” termina enajenando a un entorno al que lejos de convertir, terminamos alejando y nos recluye en sectas de sociópatas o también a la soledad material y espiritual.

Ambos caminos me parecen no solo errados, sino perniciosos. Quien suscribe y conocidos hemos pasado por al menos uno de esos extremos.

¿La solución? Lo primero por ser lo más urgente es pedir la el arrepentimiento y la conversión para una vida interior de unión con Dios, pedir, pedir y pedir, tanto en las oraciones regulares del día como en el constante recuerdo de la presencia de Dios. Esto es de vida o muerte: la oración es nuestra pistola y no podemos estar sin ello, pues como dije en un post anterior, la guerra es por dentro.

Lo segundo- y en la realidad más importante-, es la “Vida en Cristo” que solo nos da el Misterio de la Eucaristía. La Providencia Divina ha dispuesto que el Verbo vivirá en nosotros a través de la Santa Comunión, así nuevamente es un tema de vida o muerte. Debemos purificarnos para recibir a Cristo y una vez con él, seguir purificándonos para mantenerlo.

Lo tercero -en la medida que sea posible- es vivir espiritualmente en Cristo ya no en su Cuerpo Eucarístico, sino en su Palabra escrita. La Biblia es necesaria, aún cuando los viejos catecismos digan lo contrario. Si no se puede disponer de ella, al menos vivir intensamente los extractos bíblicos de la Liturgia.

Con Oración, Sacramentos y Escritura en orden, la vida cristiana debería fluir de un modo sencillo, casi espontaneo, como lo era para el campesino o burgués de la Edad Media, que rezaba, prendía velas a las imágenes y asistía a los oficios con la misma naturalidad con que trabajaba y se divertía. Nosotros que vivimos en sociedades acristianas, debemos con mayor razón aún estar en plena vida interior para ser “luz del mundo” con nuestras obras y, cuando sea pertinente, testimoniar expresamente que esas obras son fruto de nuestra fe en Cristo.

Y otra cosa. Solo no se puede. Necesitamos el apoyo de hermanos, sobre todo quienes tratamos de vivir un cristianismo tradicional. Apoyémonos y no nos alejemos de quienes nos parezcan excéntricos o limitados, pues todos tenemos defectos, pero también sepamos discernir quienes son lobos vestidos de ovejas.

domingo, 19 de mayo de 2019

Vivir en la Sagrada Escritura




Leyendo “La Oracióin en la Tradición del Oriente Cristiano”, del difundo cardenal Spidlik (Monte Carmelo, 2004), me encuentro con una breve referencia a la exegesis bíblica en el mundo sirio y armenio. Señala que, en oposición al pensar griego, que solo veía analogías si los relatos bíblicos eran aplicables a nuestra situación, “para el semita, el vínculo entre dos realidades existe y es intensamente vivido si se descubre su raíz común. Los hebreros se sentían un solo pueblo en cuanto tenían un solo padre: Abrahán. Declararse hijos de Abrahán significaba sentirse en él, incluidos en su historia y sus promesas” (p. 184),

Añade “En sus meditaciones bíblicas [de los sirios y armenios] falta una aplicación moral. Se tiene la impresión de estar en una relación de simples hechos. Pero al mismo tiempo se siente que estos hechos nos afectan de cerca, que se trata de nuestras mismas raíces y que nosotros las revivimos místicamente. Las lecturas tienen un aspecto sagrado, litúrgico, casi sacramental” (p. 185). Más adelante se refiere a la “mística escriturística”, según la cual, de la misma forma que la letra y los hechos del Antiguo Testamento son leídos a la luz del Nuevo Testamento, este último también contienen hechos y letras que son imágenes de algo por venir (p. 287).

Debo admitir que esto me hizo mucho sentido, a propósito de lo que señalé en una entrada anterior. Tanto en el lado católico como protestantes vivimos preocupados de “extraer” ideas, teorías y reglas de la Sagrada Escritura, de la misma forma que el judaísmo rabínico usaba los versículos para deducir reglas jurídicas. Como habíamos dicho, ya hemos recibido por la Iglesia las verdades esenciales de la Fe y la moral que de ellas se infieren.

Por lo demás, lo señalado por Spidlik pareciera que supera la distinción entre la interpretación literalista y alegórica de la Biblia, como si fueran dos caminos divergentes, cuando en realidad parece un solo camino, que cada vez se hace más ancho a medida que se avanza en él. ¿Qué quiero decir con esto? Supuesto el hecho de que ya creemos en el Verbo Encarnado y su mensaje, podemos entrar en el registro escrito que el Verbo nos dejó. Ello exige que nos introduzcamos de lleno en el texto, sea historia, ley, o profecía, asumiendo su contexto, contemplando los sucesos con la misma intensidad que llegamos a vibrar con series de tv o nuestra propia vida, pero siempre en el marco de la Economía de la Redención y la Vida Venidera.

¿Y con que método? Pues por algo se debe partir. Por ahora pienso que un buen método son las reglas de la “contemplación visible” que San Ignacio nos propone en los Ejercicios:
Ante todo, pedir la Gracia para adentrarse en la Historia Sagrada. Después.
1.- Ver las personas, con la vista imaginativa, meditando y contemplando en particular sus circunstancias.
2.- Oír lo que hablan las personas o lo que pueden hablar
3.- Mirar lo que hacen las personas.
4. Oler, gustar, tocar los lugares donde las personas están.
Y lo anterior supone contemplar “como si presente me hallase, con todo acatamiento y reverencia posible”, pues se trata de un acontecimiento parte de la Historia de la Salvación y eso solo le da importancia, por muy burda que parezca la narración o anacrónica que sea la norma de la Torah. A ello sumaría la concentración en cada palabra o frase que nos parezca destacable, como el mismo Santo indica en sus “modos de orar”.

En lo que no sigo a Iñigo es en aquello de “sacar algún provecho”, pues pienso que no se trata de exprimir el texto para obtener respuestas racionales en corto tiempo en que nos arriesgamos a hacer deducciones religiosas y morales nuestras como si fueran de Dios, sino realmente de “vivir” la Escritura. Las respuestas las dará el Espíritu, si le place, y si corremos el riesgo de errar, para señalar las herejías está la Iglesia.