domingo, 7 de octubre de 2018

Un ciego no guia a otro ciego




Los que estamos vinculados al mundo del “tradicionalismo católico” hemos topado varias veces con ciertas actitudes -o nosotros mismos hemos caído en ellas- que pretenden ser propias de un verdadero “soldado de Cristo”: cruzado contrarreformista y antimodernista por donde los haya, martillo de herejías y de inmoralidades, la encarnación actual de las contemplaciones militares de los Ejercicios Ignacianos. Suena bien, y para mi también sonó bien un tiempo, pero ¿es necesaria esa “perfomance” ¿es auténtica en muchos casos? ¿Nos estaremos olvidando de aspectos más relevantes del cristianismo?

El fuero interno es sagrado, nos enseña la Iglesia, y no cabe juzgar intenciones. Pero si cabe tomar nota de lo que salta a la vista, y aquí no pocas veces, la “pose tradicionalista” destiñe por varios lados. No hablamos de vicios ocultos, sino particularmente de varias faltas públicas a la caridad: accesos de ira y descontrol frecuentes, expresiones hirientes, chismes a las espaldas de la gente, intolerancia hacia las diferencias de opinión y hasta el mas leve matiz, y todo ello encubierto con visos de “apostolado” y “reconquista católica”. E insisto, son caídas que incluyen al suscrito, al menos en algunas ocasiones.

Incluso si planteamos el problema desde lo meramente humano y utilitario, la táctica es un desastre: mormones y testigos de Jehová lo hacen mejor, al menos mientras reclutan adeptos. Peor es la cosa se vuelve más negra en el ámbito espiritual: un “soldado de Cristo” arrogante, estrecho de vistas y agresivo no solo no logra nada, sino que daña a los demás y daña su propia alma, y lo que es peor, su propia convicción de actuar “por la gloria de Dios” le puede impedir salir de su error.

¿Pero que dicen los maestros de la espiritualidad cristiana, los Padres del Desierto? ¿Tienen un actitud similar? Veamos solo algunos Apotegmas sueltos (en la edición de Lumen)

Abba Hiperequios: “La serpiente expulsó a Eva del Paraíso silbando. Aquel que hable contra su prójimo será igual, ya que perderá el alma del que lo escucha y no salvará la propia”.

Macario de Egipto: “Si, reprendiendo a alguien tú te dejas llevar por la cólera, satisfaces tu propia pasión. Por lo tanto, no te pierdas a ti mismo para salvar a otros”

Abba Poimen:”Un hombre que enseña sin hacer lo que enseña se asemeja a una fuente que da de beber y lava a todo el mundo, pero que no puede purificarse a si misma”

“Enseñar al prójimo corresponde al hombre sano y sin pasiones; en efecto ¿Qué necesidad hay de construir la casa de otro y derribar la propia’”

Abba Xanthías: “Con una sola palabra fue perdonado el ladrón que estaba en la cruz y Judas, que fue uno de los Apóstoles, en una sola noche abandonó todas sus penas, y descendió del cielo a los infiernos. Así que nadie se glorifique de sus buenas obras, ya que todos los que se ensoberbecieron de sus obras, al final cayeron”

Como se puede apreciar, primero debemos convertirnos y cambiar nosotros antes de pretender cambiar a los demás. Primero debemos dejar actuar a la Gracia para que nos cure de nuestros vicios, de nuestras pasiones contra natura, antes que pensemos siquiera en ser maestros de los demás. Aunque con matices, por cierto, puesto que las prácticas de misericordia -entre las que se encuentran el corregir y enseñar- son al mismo tiempo un apostolado y un crecimiento de nuestra propia caridad.

Me podrán replicar que los dichos de los Abbas eran en el contexto de los monjes y ascetas, aislados del mundo y despreocupados del apostolado y el crecimiento de la Iglesia. Además, suenan a una espiritualidad individualista, centrada en la propia salvación y desinteresada del prójimo.

No estoy de acuerdo con estas posibles objeciones. En primer lugar la sana filosofía nos enseña que nada de lo que no tiene, y Nuestro Señor nos recuerda que el ciego no puede guiar a otro ciego, pues ambos caen al agujero.  Así es en la vida espiritual: una persona de vida disoluta o errática en el mejor de los casos será capaz de transmitir con relativo éxito ciertos conocimientos teóricos religiosos, pero difícilmente será cauce de la Gracia en otros, pues el mismo está privado de la misma (aunque Dios muchas veces se sirve de instrumentos imperfectos, no podemos presumir de su misericordia).

Por otro lado, fue el monacato el que defendió la fe y construyó la civilización cristiana. El núcleo del orden social y la expansión de la Iglesia fue la vida contemplativa centrada en la Misa y el Oficio Divino, y a los hechos de la historia me remito. Y fue así porque la vida santa fue atractiva por si misma, de lo que dan cuenta los Apotegmas al narrar como los monjes eran visitados día tras día por nuevos discípulos, ricos y pobres, honestos y ladrones.

Entonces, si a ellos Dios les dio la razón ¿Por qué insistimos en imponer como “modelo cristiano” una mezcla entre caballero templario, tercio español y fraile dominico? No solo no estamos a la altura de tales ejemplos históricos, sino que los distorsionamos y convertimos en caricaturas, sobre todo cuando los mimetizamos con los rasgos de la modernidad: estatismo, control, eficiencia y eficacia a toda costa.

No se trata de renegar de los modelos de santidad y coraje que nos ha dado la Cristiandad de Occidente, sino precisamente de tomarlos en su contexto histórico y en el contexto completo de la Tradición Cristiana.

martes, 25 de septiembre de 2018

La Guía del Ángel de Yahveh



Después del llamado “Código de la Alianza”, el capítulo 23 del Éxodo (versículos 20 al 33) concluye motivando a Israel a que emprenda la conquista de la Tierra prometida, con la guía del Ángel de Yahveh. Otra de esas lecturas que solemos pasar por alto, pero que cuando nos detenemos en ella sentimos que estuvieran dirigidas a nosotros, aquí y ahora.

“He aquí que yo envío a mi Ángel delante de ti para guardarte por el camino y para conducirte al lugar que he preparado”. No pocos consideran que el “Ángel” es una forma de referirse al Hijo, o sea al mismo Dios. Es Dios quien nos protegerá durante este camino que es la vida terrenal con el solo fin de llegar a la vida eterna, la única que vale la pena realmente.Crear entrada

“Se circunspecto en su presencia y escucha su voz; no te rebeles contra él y escucha su voz, pero no perdonará vuestra infidelidad”. Haciendo aparte las rudezas aparentes del texto veterotestamentario, sabemos que Dios perdona si nos arrepentimos y somos sinceros en nuestro deseo de cambiar, pero las consecuencias del pecado son reales y caen sobre nosotros de un modo u otro.

“En cambio, si escuchas atentamente su voz… seré enemigo de tus enemigos y adversario de tus adversarios”. No se trata solo de escuchar, sino de escuchar atentamente. Y que mejor manera de escuchar a Dios que la Sagrada Escritura, registro inteligible del Misterio inefable, pero siempre que se reciba como la ha recibido la Iglesia. A partir de ahí, podemos escuchar los otros mensajes de Dios nos manda a diario y que solemos ignorar.

“Mandaré delante de ti los avispones, los cuales arrojarán de tu presencia al hiwweo, al cananeo y al hitita”, o sea todos los demonios que nos asechan y nos quieren privar de la eternidad. Es Dios quien actúa, siempre que nosotros queremos. por cierto, pero la victoria es suya, algo que se nos olvida a diario cuando nos obcecamos a creer que la santidad es algo que podemos obtener por nuestra voluntad y fuerzas. Confiarse es el camino al fracaso, y la historia bíblica posterior es constante en esa idea: cuando Israel quiere pelear solo, sin el apoyo divino, fracasa irremediablemente, aún cuando finja estar arrepentido (como en el libro de los Números) o utilice a Dios como amuleto (como contra los filisteos en 1 Samuel).

“No los expulsaré de tu presencia en un solo año para que el país no quede yermo y no se multipliquen contra ti los animales salvajes. Poco a poco los iré arrojando de delante de ti, hasta que hayas crecido de suerte que puedas tomar posesión del país”. Salvo casos milagrosos que siempre pueden ocurrir -como San Pablo y otros- la obra de la Gracia opera de modo difícil de percibir a la primera y hay saber darse cuenta y saber corresponder a la Gracia cuando se presenta y no cuando nosotros queremos que se presente.

Cada vez me convenzo más que Dios logra grandes cosas en lo pequeño, poco a poco, e influyendo así en la vida de otros. Vicios que van perdiendo arraigo, agresividades que dan paso a la amabilidad, amistades buenas que llegan cuando menos se esperan, etc. Supongo que ese “poco a poco” de Dios busca provocar en nosotros paciencia y humildad, la virtud por excelencia de los monjes del desierto.

Por el contrario, las conversiones repentinas, espectaculares y absolutas me huelen a fraude, a sugestión de masas o derechamente a un lavado de cerebro, extravagancias propias de telepredicador yankee, pero que también se han dado en algún que otro grupo “conservador” de la Iglesia posconciliar. No logro ver cristianismo ahí, sino simple negocio.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Cosas del Pentateuco: El Moisés acobardado




De la misma forma que existe la “vida oculta de Jesús”, existe una “vida oculta de Moisés” de la que el Éxodo no da detalles, y solo cabe suponer que llevó una vida propia de la realeza egipcia, sin que quede claro en que momento tomó conciencia de su real origen. La cosa es que de un momento a otro su vida cambió, pasando de privilegiado a prófugo y finalmente refugiado en una familia madianita, otro pueblo cuyo origen se atribuye a Abraham.

Y llega el día del llamado, el de la zarza ardiente, otro momento “icónico” de la Biblia, del que algunos destacan la misión de liberar a los hebreos, la manifestación divina de la zarza o la revelación del “Yo soy el que soy”. Mi lectura reciente me hizo detenerme, en cambio en las objeciones de Moisés, tan auténticas, y que dan para diversas interpretaciones, pero que deja entrever la sinceridad del escritor inspirado, pero que también se reflejan en nuestra vida.

La primera “¿Quién soy yo para ir a Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?” (Ex 3,11). A mi parecer suena como “¿Qué tengo de especial yo, como podría yo hacer algo así?”- Está claro que hay ciertas empresas que nos llegan encima y para las que no nos sentimos preparados. A ello responde Dios rápidamente aclarando que él estará a su lado y aprovecha de revelar su nombre. Sin embargo, no con ello se declara conforme Moisés y continua con sus evasivas.

“No me van a creer” es la segunda objeción, “pues dirán ‘No se te ha aparecido Yahveh’” (Ex 4,1). Por años he pensado -y la actual crisis atroz que asola a la Iglesia latina me lo recuerda- que los cristianos no tuviéramos nada con que convencer, nada con que dar signos de credibilidad de nuestra Fe. Y en esto ya no son suficientes los manuales de apologética del preconcilio, que buscaban demostrar la verdad católica sobre la base de silogismos irrebatibles, o los intentos de sectas protestantes de reivindicar la Biblia como todo autosuficiente. A los cristianos no nos creen y punto.

La teología oriental cree ante todo en el testimonio de los santos, en especial de los monjes, a quienes considera custodios de la fe incluso a veces más que los Obispos, y a ello le dan incluso un carácter “físico” a través del testimonio dado por las reliquias incorruptas de los Santos. Es cierto que mucho se habla del “testimonio de los cristianos” que debemos dar en la vida diaria, hay obras buenas que son propias dele “deber de estado”, pero son el mínimo de cualquier sociedad: “¿no hacen eso también los gentiles”. Si hemos recibido la Gracia no nos queda más que aspirar a la Santidad, no conformarnos con menos, porque si aspiramos a lo mínimo nos quedaremos siempre con menos que eso. Me consta.

A continuación, viene una objeción que en apariencia es humilde, aunque puede encubrir el deseo de huir “¡Perdón, Adonay! Yo no soy elocuente … soy torpe de boca y torpe de lengua” (Ex 4,10), a los que Dios responde fácilmente es que él quien da los talentos necesarios. El cristianismo cree en la sinergia entre la Gracia y la capacidad del hombre, y está lejos de ser una religión voluntarista, basada en la pulsión por el triunfo a toda costa. Sin embargo, son tantas las veces en que nos cerramos a los dones que el Señor nos tiene reservados y a nuestra disposición. Muchas veces nos creemos incapaces porque realmente no queremos “salir de Egipto” y si salimos queremos volver, porque es el camino más cómodo. Quizás el infierno eterno tenga un solo placer, y ese sea la comodidad.
Finalmente, cuando nos quedamos sin argumentos más o menos válidos, simplemente rechazamos el llamado: “Envía por favor, tu mensaje por quien desees enviarlo” (Ex 4,14), respuesta del profeta que esta vez desata “la cólera de Yahveh”. Y es algo que se repite una y otra vez: solo queremos huir, no queremos afrontar aquello que Dios ha dispuesto para nosotros ni tampoco somos capaces de pedir las gracias y medios para hacerles frente. Esto se agrava cada día en nuestras “sociedad seguras” donde nadie quiere asumir riesgo alguno y queremos nos sea todo regalado, ojalá por un Estado de bienestar hecho a la medida de millenials.

Moisés está lejos de ser un “héroe legendario”, y las narraciones sobre el están lejos de la tragedia, de lo romántico. Fue un hombre tan débil y pequeño como cualquiera de nosotros, y si fue cambió la historia fue porque aceptó y confió en el auxilio divino, pero de verdad. Lo demás fue consecuencia.